
Lo despertó el ruido quebrado de repetidos estruendos salidos al parecer de las bocas de dragones que llovían del techo, ya consumido por las llamas mezquinas gran parte del floreado de las paredes, naturalmente. El poeta Edoy Montenegodo, alias Poeta de la Carpeta Amarilla, se sorprendió a si mismo sumergido en un sopor y cierto sentimiento bizarro de angustia que no supo justificar en esos momentos, ya eran las dos, sin embargo, pensó el, pareciera ser hora de morir.
Se incorporó como lo dejó el profundo cansancio y salio de la habitación que casi se incendiaba sin cerrar la puerta.
Al cruzar el portal que divisaba el espacio responsable de sus perdiciones con el del Royal alcanzó a escuchar el bullicio de abajo. Ya habían llegado los enmascarados de afuera.
Entonces estas perdido…puff!, una voz de mujer, sabe Dios procedente de que lugar, pareció asaltarlo por detrás de la nuca, volteó a averiguar con ojos sobresaltados lo ocurrido, como si el culpable no hubiese sido él, que aparentemente había decidido hacer la diligencia de volver a la bóveda de sus memorias a revivir el instante preciso en que vio a la Princesa de Jade por ultima vez. Se quedó como esperando las palabras de origen invisible que nunca regresaron y después de varios segundos procedió a bajar las escaleras ignorando por completo que se le había quedado el alma embolsillada en el pantalón.
A quien vio primero fue a Mónica, parecía alterada por algo, como si la estuviera persiguiendo algún lobo feroz, como en los cuentos.
La música, los bailes y las carcajadas se habían adueñado ya del lugar, en el fondo el chino Changsan jugueteaba con lo que parecían ser unos aros de cartón y muy cerca de él Lu-shi, siendo observada por uno de esos Travoltas resentidos de fantasías de muchachos, trataba de rastrear un cadáver de rata descompuesto que desde hacía rato atormentaba su nariz. El poeta se sobresaltó al sentir que una clase de "pájaro gigante malogrado" le rozaba los hombros con rapidez, al verlo alejarse notó que se trataba de La Maura que iba acompañada por Delia, ambas se perdieron entre diablos cojuelos, bailarinas exóticas, otros cueros y algunos imitadores de mago.
-¡Hey, tu, poeta! Ven rápido que te ve el sindico! , escuchó la voz de Ángel el ángel desde el otro lado del salón, por algún motivo se podía entender con claridad a pesar del ruido.
-¿Qué pasa? ¿Por qué no me puede ver el Sindico?, preguntó confundido Edoy Montenégodo descuidando hacerle un saludo a las mujeres que acompañaban a Ángel recelosas. Hizo un gesto de incomodidad al percibir el fuerte perfume de ron que gobernaba esa precisa parte de todo el lugar.
-¿Es que aun no te das cuenta? Bueno, hermano, usted esta en serio lio...
-Si, pero, ¿Qué pasa?
Ángel el ángel comenzó a mover los labios como si en verdad creyera que su explicación estaba siendo escuchada por el otro. El poeta se acercó más pero aun no escuchaba nada, la voz de Ángel parecía haber sido destruida por alguna fuerza invisible.
Ignorando el hecho, el poeta decidió desahogar un poco sus sentimientos de entonces.
-Viejo, ¿Te han dicho que allá arriba, en la segunda planta, hay un bosque?
-Bueno, se han oído cuentos, si...pero ya nadie los cree, suenan a historias formuladas por babosos "endrogados" que no aguantan un tufo.
-Pues te digo que no. Yo si conozco el bosque que esta ahi...
-¿Aja? ¿Y que más? ¿Le tiraste una foto a Cucurulo allá en lo claro? , respondió Ángel en ángel en el acostumbrado tono burlón que tantos quicios hacía perder. Antes de que el poeta pudiera objetar se escucharon unos aullidos desde una de las mesas mas cercanas a la puerta.
¡Ay! Dios mió, mi mujer, mi mujer…, recitaban.,No se apure, príncipe, que eso se resuelve con una bachatica bien bailá` y una chatica de Brugal, se escucho decir desde otra esquina. La fiesta siguió con su sistema de coqueteo y tigueraje hasta que irrumpieron en la algarabía un hombre con traje negro con un maletín que hacia pensar que nunca se quedaba en casa arrinconado o arriba de la cama. El hombre se dirigió directo hasta donde estaba sentado el chino y le entregó unos papeles de esos que a simple vista resultan ser solo eso, papeles insignificantes que probablemente no tienen nada que ver con uno.
-Que mañana vuelva a las tres de la tarde, que el le dice, tradujo Lú-shi después de tradicional perorata de su esposo, quien subió las escaleras entre gestos, muecas y otras expresiones extrañas propias de él.
¿Por qué no me podrá ver el síndico…? , pensaba el poeta, dándole tanta importancia al asunto como podía, otra cosa que no podía olvidar eran esos ojos, esa piel…
-¡Oye, poeta! Supe lo del certamen aquel…, la voz de Tora tomó prestada por un momento su atención, el Pez Tigre Balón quería ser ese día un pirata.
-Pero nada, compadre, eso no importa. Mire, solo una cosa quería que supiera, y es que me mandó Pedro el Cruel a decirle a usted que por favor despierte.
El poeta, tan perplejo con las palabras de Tora se vio obligado a voltear para ver al otro a la cara, para su sorpresa, los antiguos personajes que parecían haber salido de algún cuento de librito de veinte pesos de la Duarte que lo acompañaban hacía un segundo habían sido reemplazados por unos ojos que mirados de cerca parecían tener el tamaño de diez océanos.
-Te amo, dijo Edoy Montenégodo casi automáticamente. Lo último que recordó de ese día fue haber venido desde un algún país bárbaro a entregarle el alma a la pasión y haber soñado otra vez con realidades perdidas entre carnavales y Sodomas artificiales.
Libro: Carnaval de sodoma (este fue un final alternativo que hice)